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El contacto con la naturaleza aumenta la salud humana

Frecuentar zonas verdes, ya sean bosques, jardines o zonas peatonales, hace que la gente tienda, además, a ser generosa y a confiar en los demás

http://www.webislam.com/?idn=18530

Los espacios naturales aumentan nuestro potencial de salud y de buen carácter.

Tras más de una década de investigaciones, científicos del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, han concluido que la naturaleza es un componente esencial para una buena salud y un factor influyente en el comportamiento humano. Según los investigadores, en zonas donde hay espacios verdes, la gente es más generosa y sociable y existen fuertes lazos de vecindad social y un mayor sentido de comunidad, más confianza mutua y una mayor voluntad de ayudar a los demás. En cambio, en entornos con menos zonas verdes, el índice de violencia, crimen y delitos contra la propiedad es mayor. Por Amalia Rodríguez.

El color verde evoca la naturaleza, la calma, la armonía. También se relaciona con el bienestar, porque los espacios naturales aumentan nuestro potencial de salud y de buen carácter, señala un equipo de científicos del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, en un comunicado emitido por dicha universidad.

Tras recabar información durante años e investigar la relación naturaleza-salud en diferentes regiones y en distintos segmentos de población, estos investigadores han llegado a la conclusión de que frecuentar zonas verdes, ya sean bosques, jardines e incluso zonas peatonales, hace que la gente sea más saludable, tienda a ser generosa, a confiar en los demás, y a mostrar mayor voluntad en ofrecer su ayuda.

“Un paseo por el parque es más que una buena manera de pasar la tarde. Es un componente esencial para una buena salud”, asegura Frances Ming Kuo, responsable de la investigación y directora del Laboratorio de Paisaje y Salud, que lleva más de una década estudiando, junto con William Sullivan y Andrea Faber Taylor, el efecto de los espacios verdes en los seres humanos, con el fin de probar o refutar las nociones sobre tradicionales al respecto.

Kuo establece la relación entre la naturaleza y la salud en los humanos haciendo una analogía con los animales: “Así como las ratas y otros animales de laboratorio que viven en ambientes ajenos a su hábitat sufren alteraciones y trastornos que afectan a su funcionamiento social, a las personas les ocurre lo mismo”.

Entre las conclusiones de sus investigaciones, destacan observaciones como que en los entornos más verdes nos encontramos con que la gente es más generosa y más sociables. Encontramos fuertes lazos de vecindad social y un mayor sentido de comunidad, más confianza mutua y la voluntad de ayudar a los demás.

En cambio, en puntos donde hay menos zonas verdes, hemos comprobado que el índice de violencia, las acciones criminales y los delitos contra la propiedad – incluso después de controlar los ingresos y otros factores influyentes- son mayores. A todo ello hay que sumar que, “en estos ambientes, las personas sufren más soledad y cuentan con menor apoyo social”, matiza Kuo.

Diversidad de estudios

Anteriormente, Kuo y su equipo habían analizado la relación entre la ausencia de un entorno natural y la irritabilidad, habían constatado asimismo la relación entre la exposición a la naturaleza y el autocontrol y la disciplina en niñas o habían estudiado la importancia del contacto con el medio en el desarrollo infantil, entre otros temas de interés.

Ahora, los investigadores han expuesto una serie de conclusiones con las que se reafirman los beneficios de la naturaleza. Por ejemplo, señalan que el contacto directo con entornos naturales contribuye a un mayor rendimiento y produce un mejor funcionamiento cognitivo, además de potenciar más la auto-disciplina y el control de los impulsos. En definitiva, proporciona una mayor salud mental.

Por el contrario, aquellas personas que no conviven con la naturaleza tienden a sufrir déficit de atención y síntomas de hiperactividad, sugirió un estudio previo, así como mayores tasas de trastornos de ansiedad y depresión.

”Si estos datos no son lo suficientemente convincentes”, dice Kuo, “lo es el hecho de que los impactos de los parques y entornos verdes en la salud humana van más allá de los beneficios psicológicos, porque ofrecen beneficios también para la salud física”.

Beneficios psíquicos y físicos

En este sentido, los investigadores señalan que es en los entornos más verdes donde personas operadas de cirugía han experimentado una mejor recuperación.

Asimismo, los espacios naturales facilitan la realización de la actividad física, mejoran el funcionamiento del sistema inmune, ayudan a los diabéticos a alcanzar niveles saludables de glucosa en sangre y mejoran el estado de salud funcional y las habilidades de vida de las personas mayores. En cambio, las zonas con menos espacios verdes se asocian con mayores tasas de obesidad infantil y todo tipo de enfermedades cardiovasculares.

El tandem naturaleza y salud no entiende de diferencias sociales ni de desigualdades económicas. Así lo demuestran los resultados de las investigaciones que Kuo y sus colaboradores han realizado, y en las que se midieron indicadores como los ingresos económicos de las personas.

“Si bien es cierto que quienes tienen más poder adquisitivo tienden a tener mayor acceso a la naturaleza y mejores resultados de salud física, aquí las comparaciones muestran que incluso entre personas del mismo nivel socioeconómico, los que tienen mayor acceso a la naturaleza tienen mejores resultados de salud física”, explica la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois.

Naturaleza y salud, un binomio muy estudiado

Existen múltiples estudios que relacionan naturaleza-salud humana. “Los investigadores han estudiado los efectos de la naturaleza en muchas poblaciones, de tipologías muy distintas. Por ejemplo, han observado a habitantes de Chicago residentes en edificios altos, con un árbol o dos y zonas ajardinadas fuera de los edificios donde viven; a estudiantes universitarios expuestos a presentaciones de diapositivas de escenas naturales mientras estaban sentados en clase; a niños con trastorno por déficit de atención, a personas de la tercera edad en Tokio con diferentes grados de acceso a calles peatonales verdes, y a voluntarios de clase media que pasan sus sábados reconstruyendo ecosistemas de pradera, por nombrar algunos colectivos”, enumera Kuo.

La investigadora señala que “los estudios no han consistido, simplemente, en confiar en lo que los participantes en la investigación informen acerca de los beneficios que para ellos tiene la naturaleza sino que dichos beneficios se han medido, objetivamente, con datos como los de informes sobre delincuencia de la policía, como los de análisis de la presión arterial, como los del rendimiento en pruebas neurocognitivas estandarizadas o como los de mediciones fisiológicas de funcionamiento del sistema inmune”.

Zonas verdes, elementos vitales en ciudades

En este sentido, la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud asegura que, en lugar de basarse en muestras pequeñas formada por amantes de la naturaleza, los científicos confían cada vez más en estudios elaborados a partir de la opinión y experiencia de segmentos de población que no tienen ninguna relación particular con el medio ambiente. Así, por ejemplo, un estudio examinó a niños que estaban recibiendo la atención de una red de clínicas dirigidas a población de bajos ingresos.

Lo mismo sucede con indicadores como el nivel de renta, característica que hasta el momento se había ignorado a la hora de realizar trabajos de investigación de este tipo.

“Los científicos están teniendo en cuenta los ingresos y otras diferencias en sus estudios. Así que la pregunta ya no es si las personas que viven en barrios más verdes tienen mejores resultados de salud, que los tienen, sino más bien la cuestión se ha convertido en si las personas que viven en barrios con zonas verdes tienen mejores resultados de salud cuando se tiene en cuenta la renta y otras ventajas asociadas. A esta pregunta la respuesta es igualmente afirmativa”, concluye Kuo.

Debido a la fuerte relación entre naturaleza y salud, la investigadora alienta a los encargados a trazar la arquitectura de las ciudades y a diseñar comunidades con más espacios verdes públicos, no como meros elementos decorativos sino como componentes vitales, claves para la promoción de la salud, la amabilidad, la inteligencia, y la eficacia de la población.

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Hacia una salud espiritual

Pensamiento – 30/03/2007 12:13 – Autor: Yusuf Nava

http://www.webislam.com/?idt=7153

El contacto con la naturaleza nos acerca a la Divinidad.

Hablaba en un artículo anterior  sobre la pérdida del equilibrio personal en la relación salud y espiritualidad. Pretendo ahora ofrecer ahora una perspectiva de la reacción del ser humano ante esa ruptura que se manifiesta muchas veces con graves alteraciones de la personalidad individual y de la conducta social.

La persona, cuando llega al límite de sus fuerzas, bien por las tensiones diarias, bien por otros motivos, o por una desgraciada confluencia de circunstancias, cae en la enfermedad. Unas veces se tratan de dolencias físicas y otras, cada día más, son dolencias de tipo psíquico. A pesar de que las distintas terapias psiquiátricas y psicológicas logran buenos resultados, las cifras de “enfermos mentales” no dejan de aumentar. Es la consecuencia lógica de los estilos de vida, como apuntaba en otro artículo, y también de la pérdida de la espiritualidad a la que ya he aludido. En definitiva, soy de la opinión de que la persona, la mujer y el hombre de nuestro mundo actual (pero sobre todo la mujer por la sobrecarga de tareas que la sociedad le ha encomendado con injusticia), tecnológicamente avanzado y socialmente complejo, enferma en gran medida debido a esa pérdida espiritual. Se trata, por tanto, de recuperarla. La proposición es importante, porque afecta a nuestra más profunda interioridad. Un escéptico o un ateo podrían argumentar que la espiritualidad no deja de ser un “mecanismo de evasión” para escapar de los problemas habituales; pero no es cierto: conociendo nuestro ser podemos afrontar con mayores garantías de éxito cualquier problema por serio que parezca. Se podrán argumentar después prácticas religiosas. No estamos en este plano, sino en la condición espiritual de la persona. Los norteamericanos, prácticos para algunas cosas, llevan ya varios años acuñando nuevos términos y neologismos para referirse a esta dimensión –incluso terapia- de la que hablo.

Así, se ha hecho famosa la “terapia filosófica”, que pretende orientar al individuo con preceptos filosóficos de los grandes pensadores de todos los tiempos. “¿Tiene un problema? Mire, tal filósofo dijo esto y lo otro. Piénselo, le ayudará” . Este vendría a ser la base del discurso filosófico en ayuda de la persona angustiada. Algunos filósofos han orientado sus carreras en esta dirección de consejero. No pretenden entrar en conflicto con psicólogos clínicos y psiquiatras, si bien la polémica está ahí, y las acusaciones mutuas casi son constantes.

Otro ejemplo, más reciente, es la nueva moda de “consejero personal”, profesional que combina una formación en psicología, religiones comparadas, filosofía, etcétera. Los pacientes que acuden a ellos, van ya “rebotados” de terapias y tratamientos farmacológicos. Buscan algo que les saque del agujero donde se encuentran y del que no han podido salir a pesar de todo el arsenal terapéutico que ofrece la sociedad actual. ¿Qué hacer? Caben pocas posibilidades para quien se encuentre en esas circunstancias. O seguir viviendo en la angustia, la depresión y el estrés incontrolable, o poner fin a todo. En estas circunstancias, de aquí al suicidio hay un paso, a veces muy corto.

Y es que el planteamiento sobre la propia vida, teledirigida casi siempre, construida sobre la base de compulsiones comerciales bien orquestadas por los expertos en marketing, acaba pasando factura a nuestra psique. Somos seres capaces de adaptarnos, tenemos mentes moldeables pero, a la postre, hasta el más fuerte puede sucumbir.

Estos consejeros personales asesoran sobre cuestiones vitales, planteando a sus clientes preguntas clave en sus vidas: ¿qué es lo que más te importa?, ¿por qué elegiste esa profesión?, ¿qué pretendes conseguir en la vida?, ¿qué tipo de creencias tienes?, ¿las practicas?, y un largo etcétera. No son técnicas de largas introspecciones psicoanalíticas –se busca el resultado a corto plazo-, ni tan siquiera se realiza un diagnóstico, ni ofrecer recetas mágicas que resuelvan la situación en un abrir y cerrar de ojos. Es más bien una ayuda para que la persona descubra en sí misma los muchos potenciales buenos que tiene y ponerlos en práctica.

En fin, no es cuestión aquí ofrecer un análisis pormenorizado de estas técnicas. Si las traigo a colación es por esa necesidad que tenemos de intentar canalizar nuestras vidas de forma autentica, sabiendo que nuestros actos han de tener una justificación y un significado que se nos escapa con frecuencia.

Cualquiera puede albergar estos problemas, al margen de su condición creyente, agnóstica o atea. Igualmente, todos nos podemos beneficiar de una búsqueda sobre nuestra identidad.

En el otro espectro del panorama social, nos encontramos a personas muy religiosas, cumplidoras a rajatabla de normas, preceptos y ritos, que también, quizá por una excesiva autodisciplina normativa, acaban perdiendo aquello que pensaban poseer: la salud espiritual.

Somos animales de costumbres, pueden decir los etólogos, y socialmente jerarquizados. Las religiones se basan para su ordenamiento en la jerarquía, bien de valores, bien de personas, bien de ritos y normas religiosas. Todo es cultura, y esta cultura, que puede velar la presencia de la Divinidad para un creyente, o el acceso a estados mentales superiores, para un ateo, agnóstico o deísta, entorpece con demasiada frecuencia el desarrollo de una personalidad sana.

Ya el psicólogo norteamericano W. James, nacido en 1842 y considerado por muchos como el fundador de la psicología de la religión, se ocupó de estos problemas. Así, en su popular libro titulado “Variedades de la experiencia religiosa”, se pregunta si todas las experiencias religiosas son sanas y maduras. Para él, “la personalidad sana supone un equilibrio mental que lleva a vivir la vida en un tranquilo optimismo, con ánimo resuelto y con una coherencia lineal; y origina una fe que surge de la fortaleza. Al preferir el bien al mal, la persona moral lucha por él con la confianza que siente en sí misma. Es una persona valiente, exultante incluso en el peligro y en la incertidumbre de la victoria. Por el contrario, la personalidad enferma supone una disposición de ánimo inclinado a la problematicidad, a la inquietud, a la inseguridad, y así, la fe que genera surge de la debilidad humana y pide refugio y seguridad.”

Otros especialistas, como Freud, fundador del psicoanálisis, viene a decir que “en el corazón de la experiencia de fe anida un conflicto irresuelto con la ambivalencia afectiva, es decir, con la doble corriente de amor y odio en relación con las figuras parentales y de la culpabilidad que de ahí se deriva”. Para este pensador genial, “La religión como hecho colectivo libera de los conflictos de la autonomía personal, apoya la renuncia pulsional que exige la vida en común y, sobre todo, permite vivir en un discurso social el conflicto de la ambivalencia afectiva frente al padre, sin que el sujeto se desgarre en su propia conflictividad”. La pérdida de la religión en la época contemporánea, incrementó las neurosis personales.

Muchos otros expertos han trabajado sobre estas cuestiones, actualizando a los clásicos y sugiriendo nuevas interpretaciones, como la del profesor Carlos Domínguez, de la Universidad de Granada: “Es obligado reconocer que la descripción que encontramos de muchas experiencias y conductas religiosas ponen de relieve la existencia de mecanismos psíquicos regresivos equiparables a los que tienen lugar en un delirio o una alucinación, y resulta difícil evitar la impresión de que en su seno no hayan tenido lugar, al menos parcialmente, momentos de auténtica regresión psicótica. Es un hecho constatable para el clínico en general que algunos estados religiosos, sobre todo los de carácter místico, con mucha frecuencia, han hecho aparición con una chocante y sorprendente analogía con determinados cuadros clínicos, neuróticos o psicóticos, sobre todo con la histeria, con la depresión y con la esquizofrenia” (Texto publicado en Ediciones Idatz: “La fe, ¿fuente de salud o de enfermedad?”)

Pero sí es conveniente insistir en el argumento central: tanto la negación de la espiritualidad como la sublimación de la misma, pueden originar problemas serios en la persona. En algunas de ellas, su estado de salud previo (una enfermedad mental no diagnostica, por ejemplo), es determinante para la vivencia de su espiritualidad. En otras, un planteamiento forzado de la fe, puede traer importantes consecuencias psicopatológicas.

Por otro lado, el predominio de sectas, grupos “nueva era”, y experimentación de sensaciones con todo tipo de drogas y alucinógenos, arrastra cada año a miles de personas que se ven abocadas a un callejón sin salida. Como en todos los aspectos de la vida, la mesura, la tranquilidad y el progreso paciente consiguen espléndidos resultados.

¿Cómo guiarnos, por tanto, en este mundo de oferta tan diversa?, ¿cómo recuperar y/o mantener un equilibrio psicoorgánico y espiritual? Este será el tema de mi próximo artículo.

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La verdadera religión

“La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito”

Religiones – 10/01/2010 21:09 – Autor: Gumersindo Meiriño

http://www.webislam.com/?idt=14513

Distintas religiones del mundo.

L. Boff relata cómo el Dalai Lama respondió cuándo le preguntó sobre cuál era la verdadera religión: “Esperaba que dijera: “El budismo tibetano” o las religiones orientales, mucho más antiguas que el cristianismo …”

El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió, me miró fijamente a los ojos -lo que me desconcertó un poco porque yo sabía la malicia contenida en la pregunta- y afirmó: “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito”. Es aquella que te hace mejor.”

Para salir de la perplejidad delante de tan sabia respuesta, pregunté: “¿Qué es lo que me hace mejor?” El respondió: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión.”. Callé, maravillado, y hasta los días de hoy estoy rumiando su respuesta sabia e irrefutable”.

La respuesta que tanto asombra a L. Boff, no es una novedad, porque ya la dio hace más de dos mil años un tal Jesús de Nazaret.

La samaritana le preguntó: “Veo que eres profeta, dime entonces, ¿dónde hay que dar culto a Dios? El maestro de Nazareth contestó, “Ha llegado la hora y es ésta en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, pues tales adoradores son los que busca Dios”. La samaritana se lo había puesto fácil, solo tenía que responder: el verdadero culto es el mío, el de mi religión. Pero Jesús rompió los esquemas, esos mismos que siguen empeñados las distintas religiones en mantener aún a riesgo de derramar sangre de hermanos. No es en Roma, Medina, monte Garizim, Meca, Ganghes, Jerusalén, no es en ningún sitio físico del mundo. El auténtico “sitio” es el “no lugar”; el verdadero culto, es “en espíritu y la verdad”.

El gran místico sufí Ibn Arabi, escribía: “Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo, si su religión no era como la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas: es pradera de las gacelas, claustro de monjes, templo de ídolos y kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y Pliegos del Corán. Porque profeso la religión del Amor y voy a donde quiera que vaya su cabalgadura, pues el Amor es mi credo y mi fe”.

El otro día, otro gran amante de lo auténtico, Emilio Galindo, nos comentaba de forma brillante: “A Dios se va siempre por los mismos caminos aunque los caminos no se parezcan en nada. Una religión no es más que un camino y cuando la religión se convierte en fin, siendo así que no es más que un medio, se está estropeando, se está prostituyendo”.

Totalmente de acuerdo, ésa es la verdadera religión.

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La salud según las estaciones: El verano

“Dice el Sabio:
la gente vive para comer
y yo como para vivir”.

Hace 625 años vivió en la ciudad de Granada un médico al que los historiadores de la medicina han otorgado el título de último de los grandes médicos de Occidente. Este hombre, llamado M. b. ‘Abdullah b. al-Jatib (1313-1374), poseía amplios y profundos conocimientos de los que pudo beneficiarse toda la población de Granada cuando fue asolada por la peste en el año 1349. Contribuyó en gran medida a vencer dicha epidemia explicando detalladamente el mecanismo de contagio.

Era médico personal del sultán y considerado como “hakim“, es decir, maestro y sabio por excelencia, calificativo que la cultura árabe da a las personas que conjugan su dominio de la práctica terapéutica con el de otros campos del saber. El hakim constituye, dentro de la tradición árabe, una figura similar a la del nuevo hombre multidisciplinar del Renacimiento que, por estas fechas, aún está por aparecer en el ámbito europeo.

Gracias a su formación sociológica y filosófica Ibn al-Jatib mantiene una visión compleja del ser humano que le permite situarlo en esas dimensiones sin dejar de atender a sus estrechas conexiones con la naturaleza externa y con su propia condición interna. Él nos dejó en herencia un tratado que sorprende por su modernidad, el “Libro del cuidado de la salud durante las estaciones del año”, llamado también “Libro de Higiene”, en el que desarrolla de manera sistemática las costumbres y el orden de vida que cada cual debe poner en práctica, conforme a su constitución, para mantener una buena salud o recuperarla si la ha perdido. Es un tratado de medicina preventiva escrito de forma clara y concisa, cuyas directrices avalan las ideas que la medicina integral ha recuperado y puesto de moda hoy en día. Citamos a continuación un párrafo del libro en el que se puede ver su intencionalidad y apreciar su estilo:

“Lo he ordenado de la manera más manejable para el lector, con el fin de que pueda disfrutar de las maravillas y secretos de la naturaleza, pueda conocer las fuerzas e influencias de las causas remotas, procure la conservación de la salud según las cuatro estaciones del año y los diferentes tiempos, se deje aconsejar de la sabiduría del Misericordioso y su lectura establezca el régimen del cuerpo que le aconsejará como el criterio de un amigo, para que no necesite de la ayuda del médico.”

La obra, que es el prototipo de los manuales de medicina vigentes en esa época, se compone de dos partes complementarias, pero que pueden abordarse de manera independiente. En la primera parte nuestro autor estudia de forma exhaustiva las causas de las estaciones y su naturaleza intrínseca, además de los componentes fisiológicos del cuerpo humano. Por otro lado se detiene con detalle en las cosas que no pertenecen al cuerpo, lo que llama las seis “cosas no naturales” pero que resultan imprescindibles para la vida y cuyo control está, sin embargo, en nuestras manos, es decir cosas que podemos manipular (al menos hasta cierto punto) para condicionar su influjo en nuestro bienestar. Tales cosas externas y necesarias son: el aire, el alimento, la evacuación, el sueño y la vigilia, el movimiento y el reposo y el movimiento anímico.

La segunda parte es de carácter práctico y en ella se indica el régimen más apropiado para cada una de las estaciones, atendiendo a la complexión individual. La dietética, es decir la sabia disposición de todos los factores que acabamos de enumerar, constituye el fundamento de la prevención de la salud y la base del tratamiento -o todo el tratamiento- cuando la salud se ha alterado.

De entre las seis “cosas no naturales” Ibn al-Jatib hace hincapié especial en dos de ellas, construyendo con ambas un eje central sobre el que se articula su concepción: el alimento y el movimiento.

Una observación detallada le lleva a concluir que los pájaros y las fieras enferman raramente y que ello se debe a la combinación de estos dos factores:

1. No comen en exceso.

2. Se mueven mucho en su hábitat natural.

Aquí tenemos unos criterios sencillos y de validez universal a los que conviene acomodar nuestra conducta si queremos preservar la salud.

El hombre, al igual que los animales, se alimenta y transforma lo que come en energía para desarrollarse y actuar. Es obvio que el alimento es una necesidad cuya función consiste en sustituir las partes del cuerpo que se desintegran y disuelven a consecuencia de su actividad, de donde se infiere que el alimento idóneo para compensar la pérdida de lo que se ha disuelto debe ser afín a la propia naturaleza del cuerpo.

Las especies animales están dotadas de un instinto que les permite distinguir mediante la vista y el olfato, los alimentos que les son beneficiosos o dañinos. El ser humano carece de este instinto, pero posee un intelecto y una capacidad de observación y reflexión que le sirve para aprender a seleccionar lo que le es favorable y desechar lo que le resulta perjudicial, de tal modo que puede moler, cocinar y hacer múltiples preparaciones para que el alimento le beneficie al máximo. Para lograr este fin ha de nutrirse con carnes, féculas, semillas, frutas y hortalizas, sustancias todas ellas que mejor se asimilan a su naturaleza e impulsar una digestión óptima comiendo en calma, en las horas frescas del día, cuidando de que la masticación sea perfecta y de que los alimentos húmedos y laxantes entren en el cuerpo en primer lugar.

No obstante, tras cada digestión y evacuación queda un pequeño resto que se va acumulando, ciertas secreciones que quedan adheridas a las células y para cuya eliminación es necesario el ejercicio físico. Gracias al calor que el ejercicio genera se disuelven tales acúmulos y el movimiento que lo acompaña facilita la expulsión de las substancias ya disueltas. En consecuencia, nada mejor que el ejercicio físico para limpiar el organismo.

Enérgico o suave, poco o mucho, cada persona ha de encontrar la cantidad y el tipo de movimiento que conviene a su constitución. En cualquier caso, el andar de forma moderada es el ejercicio más excelente y fácil y no perjudica a nadie. Montar a caballo también es bueno, si alguien puede hacerlo. No olvidemos que si un órgano hace mucho movimiento se fortalece y que al caminar es el cuerpo entero el que participa por igual, de modo que esa actividad beneficia simultáneamente a los distintos miembros y órganos. Si se hace antes de dormir preserva la salud y ayuda a conciliar el sueño.

Puesto que estamos en el umbral del verano nos parece oportuno resumir las consideraciones que para esta estación establece el gran médico hispano-árabe.

Aire

Lo primero a tener en cuenta es que el aire que respiramos rodea a nuestro cuerpo y es para él como el agua para los peces. Por lo tanto, debe ser lo más puro y suave posible, sin vapores y en continuo movimiento. Los lugares estrechos situados cerca de pantanos, malezas o zonas de desperdicio son nocivos.

Como la estación veraniega es seca y cálida se debe procurar refrescar y humedecer el ambiente y el cuerpo para contrarrestar su efecto. Para conseguirlo hay que elegir lugares frescos y viviendas orientadas hacia donde sople el aire frío. Rociar las casas con agua y procurar que reine la penumbra para descansar.

El baño es sin duda la manera más eficaz de refrescarse y será más frecuente cuanto más intensa sea la estación, lo que hace muy recomendable nadar en estanques o en el mar, así como dar paseos suaves junto a los ríos o albercas.

El baño proporciona al cuerpo alegría y goce, por eso muchas personas cantan cuando se bañan.

Si los baños se toman en ayunas, adelgazan. Después de las comidas, engordan.

Los trajes más apropiados son los de algodón, lino, seda y otros géneros delgados.

Comida

Siempre se aconseja reducir la cantidad de alimentos porque en el verano se enfría el interior del cuerpo en contraste con el exterior y la digestión se hace más difícil.

Por otra parte, se puede refrescar la comida tomando sólo platos de verduras propias de la temporada y sustituyendo las carnes por pescados frescos a los que se acompañará con yogur, cuajada o queso tierno. Si se toma carne mejor que sea ligera, de pollo o cordero joven, con pocas especias.

Las especias son estupendos alimentos medicinales, pero el exceso de calidez no las hace aconsejables para esta época.

Es preferible la fruta que refresca como peras, ciruelas, pepinos, manzanas, melocotones, albaricoques, sandías y melones, pero siempre cuidando de no excederse.

Conviene aumentar el consumo de agrios como el limón, los vinagres y la fruta verde. Si el estómago se inflama por haber tomado demasiado alimento ligero, se puede corregir esta condición tomando sopas o platos elaborados con masas.

Se tomarán pocos dulces y simples, de miel y almendras.

El pan es un alimento excelente si está hecho de trigo de calidad, sin impurezas y bien cocido.

Las gachas de leche en pequeña cantidad son también recomendables.

Bebida

Tomar agua fresca en cantidad moderada antes de comer.

Como jarabes aromáticos se recomiendan el mosto o zumo de uva sin fermentar, oximiel puro mezclado con agua caliente, zumo de limón con miel o azúcar y granada amarga.

Nada se puede comparar al jugo de sandía con oximiel que es la mejor de las bebidas.

El oximiel es una composición que se prepara cociendo brevemente dos partes de miel y una de vinagre, si es posible de manzana.

Si se precisa un laxante tomar jarabe de ciruelas.

Aromas

Son adecuados todos los perfumes equilibrados que contienen sustancias refrescantes o esencias de flores como rosas, violetas y flores de mirto. El agua de rosas es excelente.

Ejercicio

En esta estación hay que rebajar la cantidad de deporte o ejercicio físico y procurar hacerlo en los momentos mejores que son las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde. Ya hemos mencionado nadar y pasear como lo más apropiado.

Otras actividades

El coito se incluye dentro del apartado de la evacuación y se hace una relación de sus efectos saludables que son: dar vitalidad al espíritu, calmar la cólera, aligerar la pesadez de cabeza, restablecer el pensamiento que el exceso de vapores ha alterado y sosegar la pasión oculta. Por el contrario, no se aconseja efectuarlo cuando se está triste así como cuando el cuerpo está muy debilitado o convaleciente de alguna enfermedad.

Durante el verano se recomienda practicar el coito en momentos tranquilos y equilibrados, con los humores en calma, así como dormir algo más de lo habitual.

En cuanto a tertulias y conversaciones se deben evitar aquellas que alteran demasiado el ánimo y provocan desorden interno porque dan lugar a un aumento exagerado del calor. En cambio los temas literarios o de viajes y las charlas intranscendentes refrescan y relajan.

Las melodías graves, el batir de palmas, el murmullo del agua y de los árboles constituyen la mejor música.

Además de estas normas generales cada individuo ha de tener en cuenta su complexión interna, saber reconocer la forma de ser propia de su organismo y acostumbrarse a respetar sus peculiaridades, ya que ni el verano ni ningún otro factor ejerce una influencia idéntica sobre todas las personas, siempre se presentan variantes particulares que es necesario tener en consideración. A este respecto recuerda Ibn al-Jatib que el hábito llega a constituir en nosotros una segunda naturaleza.

Estas consideraciones dietéticas van encaminadas a promover el máximo bienestar y armonía de la persona y confiamos en que sean claras y útiles para lograr tal propósito de perfeccionamiento.
Bibliografía

IBN AL-JATIB, Libro del cuidado de la salud durante las estaciones del año o “Libro de Higiene”. Edición, estudio y traducción de María de la Concepción Vázquez de Benito. Universidad de Salamanca 1984.

LAIN ENTRALGO P., Historia de la Medicina, Barcelona 1978.

http://www.webislam.com/?idt=3750

Este texto fue firmado por Sabora Uribe como Umm Hanif

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