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El contacto con la naturaleza aumenta la salud humana

Frecuentar zonas verdes, ya sean bosques, jardines o zonas peatonales, hace que la gente tienda, además, a ser generosa y a confiar en los demás

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Los espacios naturales aumentan nuestro potencial de salud y de buen carácter.

Tras más de una década de investigaciones, científicos del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, han concluido que la naturaleza es un componente esencial para una buena salud y un factor influyente en el comportamiento humano. Según los investigadores, en zonas donde hay espacios verdes, la gente es más generosa y sociable y existen fuertes lazos de vecindad social y un mayor sentido de comunidad, más confianza mutua y una mayor voluntad de ayudar a los demás. En cambio, en entornos con menos zonas verdes, el índice de violencia, crimen y delitos contra la propiedad es mayor. Por Amalia Rodríguez.

El color verde evoca la naturaleza, la calma, la armonía. También se relaciona con el bienestar, porque los espacios naturales aumentan nuestro potencial de salud y de buen carácter, señala un equipo de científicos del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, en un comunicado emitido por dicha universidad.

Tras recabar información durante años e investigar la relación naturaleza-salud en diferentes regiones y en distintos segmentos de población, estos investigadores han llegado a la conclusión de que frecuentar zonas verdes, ya sean bosques, jardines e incluso zonas peatonales, hace que la gente sea más saludable, tienda a ser generosa, a confiar en los demás, y a mostrar mayor voluntad en ofrecer su ayuda.

“Un paseo por el parque es más que una buena manera de pasar la tarde. Es un componente esencial para una buena salud”, asegura Frances Ming Kuo, responsable de la investigación y directora del Laboratorio de Paisaje y Salud, que lleva más de una década estudiando, junto con William Sullivan y Andrea Faber Taylor, el efecto de los espacios verdes en los seres humanos, con el fin de probar o refutar las nociones sobre tradicionales al respecto.

Kuo establece la relación entre la naturaleza y la salud en los humanos haciendo una analogía con los animales: “Así como las ratas y otros animales de laboratorio que viven en ambientes ajenos a su hábitat sufren alteraciones y trastornos que afectan a su funcionamiento social, a las personas les ocurre lo mismo”.

Entre las conclusiones de sus investigaciones, destacan observaciones como que en los entornos más verdes nos encontramos con que la gente es más generosa y más sociables. Encontramos fuertes lazos de vecindad social y un mayor sentido de comunidad, más confianza mutua y la voluntad de ayudar a los demás.

En cambio, en puntos donde hay menos zonas verdes, hemos comprobado que el índice de violencia, las acciones criminales y los delitos contra la propiedad – incluso después de controlar los ingresos y otros factores influyentes- son mayores. A todo ello hay que sumar que, “en estos ambientes, las personas sufren más soledad y cuentan con menor apoyo social”, matiza Kuo.

Diversidad de estudios

Anteriormente, Kuo y su equipo habían analizado la relación entre la ausencia de un entorno natural y la irritabilidad, habían constatado asimismo la relación entre la exposición a la naturaleza y el autocontrol y la disciplina en niñas o habían estudiado la importancia del contacto con el medio en el desarrollo infantil, entre otros temas de interés.

Ahora, los investigadores han expuesto una serie de conclusiones con las que se reafirman los beneficios de la naturaleza. Por ejemplo, señalan que el contacto directo con entornos naturales contribuye a un mayor rendimiento y produce un mejor funcionamiento cognitivo, además de potenciar más la auto-disciplina y el control de los impulsos. En definitiva, proporciona una mayor salud mental.

Por el contrario, aquellas personas que no conviven con la naturaleza tienden a sufrir déficit de atención y síntomas de hiperactividad, sugirió un estudio previo, así como mayores tasas de trastornos de ansiedad y depresión.

”Si estos datos no son lo suficientemente convincentes”, dice Kuo, “lo es el hecho de que los impactos de los parques y entornos verdes en la salud humana van más allá de los beneficios psicológicos, porque ofrecen beneficios también para la salud física”.

Beneficios psíquicos y físicos

En este sentido, los investigadores señalan que es en los entornos más verdes donde personas operadas de cirugía han experimentado una mejor recuperación.

Asimismo, los espacios naturales facilitan la realización de la actividad física, mejoran el funcionamiento del sistema inmune, ayudan a los diabéticos a alcanzar niveles saludables de glucosa en sangre y mejoran el estado de salud funcional y las habilidades de vida de las personas mayores. En cambio, las zonas con menos espacios verdes se asocian con mayores tasas de obesidad infantil y todo tipo de enfermedades cardiovasculares.

El tandem naturaleza y salud no entiende de diferencias sociales ni de desigualdades económicas. Así lo demuestran los resultados de las investigaciones que Kuo y sus colaboradores han realizado, y en las que se midieron indicadores como los ingresos económicos de las personas.

“Si bien es cierto que quienes tienen más poder adquisitivo tienden a tener mayor acceso a la naturaleza y mejores resultados de salud física, aquí las comparaciones muestran que incluso entre personas del mismo nivel socioeconómico, los que tienen mayor acceso a la naturaleza tienen mejores resultados de salud física”, explica la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois.

Naturaleza y salud, un binomio muy estudiado

Existen múltiples estudios que relacionan naturaleza-salud humana. “Los investigadores han estudiado los efectos de la naturaleza en muchas poblaciones, de tipologías muy distintas. Por ejemplo, han observado a habitantes de Chicago residentes en edificios altos, con un árbol o dos y zonas ajardinadas fuera de los edificios donde viven; a estudiantes universitarios expuestos a presentaciones de diapositivas de escenas naturales mientras estaban sentados en clase; a niños con trastorno por déficit de atención, a personas de la tercera edad en Tokio con diferentes grados de acceso a calles peatonales verdes, y a voluntarios de clase media que pasan sus sábados reconstruyendo ecosistemas de pradera, por nombrar algunos colectivos”, enumera Kuo.

La investigadora señala que “los estudios no han consistido, simplemente, en confiar en lo que los participantes en la investigación informen acerca de los beneficios que para ellos tiene la naturaleza sino que dichos beneficios se han medido, objetivamente, con datos como los de informes sobre delincuencia de la policía, como los de análisis de la presión arterial, como los del rendimiento en pruebas neurocognitivas estandarizadas o como los de mediciones fisiológicas de funcionamiento del sistema inmune”.

Zonas verdes, elementos vitales en ciudades

En este sentido, la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud asegura que, en lugar de basarse en muestras pequeñas formada por amantes de la naturaleza, los científicos confían cada vez más en estudios elaborados a partir de la opinión y experiencia de segmentos de población que no tienen ninguna relación particular con el medio ambiente. Así, por ejemplo, un estudio examinó a niños que estaban recibiendo la atención de una red de clínicas dirigidas a población de bajos ingresos.

Lo mismo sucede con indicadores como el nivel de renta, característica que hasta el momento se había ignorado a la hora de realizar trabajos de investigación de este tipo.

“Los científicos están teniendo en cuenta los ingresos y otras diferencias en sus estudios. Así que la pregunta ya no es si las personas que viven en barrios más verdes tienen mejores resultados de salud, que los tienen, sino más bien la cuestión se ha convertido en si las personas que viven en barrios con zonas verdes tienen mejores resultados de salud cuando se tiene en cuenta la renta y otras ventajas asociadas. A esta pregunta la respuesta es igualmente afirmativa”, concluye Kuo.

Debido a la fuerte relación entre naturaleza y salud, la investigadora alienta a los encargados a trazar la arquitectura de las ciudades y a diseñar comunidades con más espacios verdes públicos, no como meros elementos decorativos sino como componentes vitales, claves para la promoción de la salud, la amabilidad, la inteligencia, y la eficacia de la población.

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Hacia una salud espiritual

Pensamiento – 30/03/2007 12:13 – Autor: Yusuf Nava

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El contacto con la naturaleza nos acerca a la Divinidad.

Hablaba en un artículo anterior  sobre la pérdida del equilibrio personal en la relación salud y espiritualidad. Pretendo ahora ofrecer ahora una perspectiva de la reacción del ser humano ante esa ruptura que se manifiesta muchas veces con graves alteraciones de la personalidad individual y de la conducta social.

La persona, cuando llega al límite de sus fuerzas, bien por las tensiones diarias, bien por otros motivos, o por una desgraciada confluencia de circunstancias, cae en la enfermedad. Unas veces se tratan de dolencias físicas y otras, cada día más, son dolencias de tipo psíquico. A pesar de que las distintas terapias psiquiátricas y psicológicas logran buenos resultados, las cifras de “enfermos mentales” no dejan de aumentar. Es la consecuencia lógica de los estilos de vida, como apuntaba en otro artículo, y también de la pérdida de la espiritualidad a la que ya he aludido. En definitiva, soy de la opinión de que la persona, la mujer y el hombre de nuestro mundo actual (pero sobre todo la mujer por la sobrecarga de tareas que la sociedad le ha encomendado con injusticia), tecnológicamente avanzado y socialmente complejo, enferma en gran medida debido a esa pérdida espiritual. Se trata, por tanto, de recuperarla. La proposición es importante, porque afecta a nuestra más profunda interioridad. Un escéptico o un ateo podrían argumentar que la espiritualidad no deja de ser un “mecanismo de evasión” para escapar de los problemas habituales; pero no es cierto: conociendo nuestro ser podemos afrontar con mayores garantías de éxito cualquier problema por serio que parezca. Se podrán argumentar después prácticas religiosas. No estamos en este plano, sino en la condición espiritual de la persona. Los norteamericanos, prácticos para algunas cosas, llevan ya varios años acuñando nuevos términos y neologismos para referirse a esta dimensión –incluso terapia- de la que hablo.

Así, se ha hecho famosa la “terapia filosófica”, que pretende orientar al individuo con preceptos filosóficos de los grandes pensadores de todos los tiempos. “¿Tiene un problema? Mire, tal filósofo dijo esto y lo otro. Piénselo, le ayudará” . Este vendría a ser la base del discurso filosófico en ayuda de la persona angustiada. Algunos filósofos han orientado sus carreras en esta dirección de consejero. No pretenden entrar en conflicto con psicólogos clínicos y psiquiatras, si bien la polémica está ahí, y las acusaciones mutuas casi son constantes.

Otro ejemplo, más reciente, es la nueva moda de “consejero personal”, profesional que combina una formación en psicología, religiones comparadas, filosofía, etcétera. Los pacientes que acuden a ellos, van ya “rebotados” de terapias y tratamientos farmacológicos. Buscan algo que les saque del agujero donde se encuentran y del que no han podido salir a pesar de todo el arsenal terapéutico que ofrece la sociedad actual. ¿Qué hacer? Caben pocas posibilidades para quien se encuentre en esas circunstancias. O seguir viviendo en la angustia, la depresión y el estrés incontrolable, o poner fin a todo. En estas circunstancias, de aquí al suicidio hay un paso, a veces muy corto.

Y es que el planteamiento sobre la propia vida, teledirigida casi siempre, construida sobre la base de compulsiones comerciales bien orquestadas por los expertos en marketing, acaba pasando factura a nuestra psique. Somos seres capaces de adaptarnos, tenemos mentes moldeables pero, a la postre, hasta el más fuerte puede sucumbir.

Estos consejeros personales asesoran sobre cuestiones vitales, planteando a sus clientes preguntas clave en sus vidas: ¿qué es lo que más te importa?, ¿por qué elegiste esa profesión?, ¿qué pretendes conseguir en la vida?, ¿qué tipo de creencias tienes?, ¿las practicas?, y un largo etcétera. No son técnicas de largas introspecciones psicoanalíticas –se busca el resultado a corto plazo-, ni tan siquiera se realiza un diagnóstico, ni ofrecer recetas mágicas que resuelvan la situación en un abrir y cerrar de ojos. Es más bien una ayuda para que la persona descubra en sí misma los muchos potenciales buenos que tiene y ponerlos en práctica.

En fin, no es cuestión aquí ofrecer un análisis pormenorizado de estas técnicas. Si las traigo a colación es por esa necesidad que tenemos de intentar canalizar nuestras vidas de forma autentica, sabiendo que nuestros actos han de tener una justificación y un significado que se nos escapa con frecuencia.

Cualquiera puede albergar estos problemas, al margen de su condición creyente, agnóstica o atea. Igualmente, todos nos podemos beneficiar de una búsqueda sobre nuestra identidad.

En el otro espectro del panorama social, nos encontramos a personas muy religiosas, cumplidoras a rajatabla de normas, preceptos y ritos, que también, quizá por una excesiva autodisciplina normativa, acaban perdiendo aquello que pensaban poseer: la salud espiritual.

Somos animales de costumbres, pueden decir los etólogos, y socialmente jerarquizados. Las religiones se basan para su ordenamiento en la jerarquía, bien de valores, bien de personas, bien de ritos y normas religiosas. Todo es cultura, y esta cultura, que puede velar la presencia de la Divinidad para un creyente, o el acceso a estados mentales superiores, para un ateo, agnóstico o deísta, entorpece con demasiada frecuencia el desarrollo de una personalidad sana.

Ya el psicólogo norteamericano W. James, nacido en 1842 y considerado por muchos como el fundador de la psicología de la religión, se ocupó de estos problemas. Así, en su popular libro titulado “Variedades de la experiencia religiosa”, se pregunta si todas las experiencias religiosas son sanas y maduras. Para él, “la personalidad sana supone un equilibrio mental que lleva a vivir la vida en un tranquilo optimismo, con ánimo resuelto y con una coherencia lineal; y origina una fe que surge de la fortaleza. Al preferir el bien al mal, la persona moral lucha por él con la confianza que siente en sí misma. Es una persona valiente, exultante incluso en el peligro y en la incertidumbre de la victoria. Por el contrario, la personalidad enferma supone una disposición de ánimo inclinado a la problematicidad, a la inquietud, a la inseguridad, y así, la fe que genera surge de la debilidad humana y pide refugio y seguridad.”

Otros especialistas, como Freud, fundador del psicoanálisis, viene a decir que “en el corazón de la experiencia de fe anida un conflicto irresuelto con la ambivalencia afectiva, es decir, con la doble corriente de amor y odio en relación con las figuras parentales y de la culpabilidad que de ahí se deriva”. Para este pensador genial, “La religión como hecho colectivo libera de los conflictos de la autonomía personal, apoya la renuncia pulsional que exige la vida en común y, sobre todo, permite vivir en un discurso social el conflicto de la ambivalencia afectiva frente al padre, sin que el sujeto se desgarre en su propia conflictividad”. La pérdida de la religión en la época contemporánea, incrementó las neurosis personales.

Muchos otros expertos han trabajado sobre estas cuestiones, actualizando a los clásicos y sugiriendo nuevas interpretaciones, como la del profesor Carlos Domínguez, de la Universidad de Granada: “Es obligado reconocer que la descripción que encontramos de muchas experiencias y conductas religiosas ponen de relieve la existencia de mecanismos psíquicos regresivos equiparables a los que tienen lugar en un delirio o una alucinación, y resulta difícil evitar la impresión de que en su seno no hayan tenido lugar, al menos parcialmente, momentos de auténtica regresión psicótica. Es un hecho constatable para el clínico en general que algunos estados religiosos, sobre todo los de carácter místico, con mucha frecuencia, han hecho aparición con una chocante y sorprendente analogía con determinados cuadros clínicos, neuróticos o psicóticos, sobre todo con la histeria, con la depresión y con la esquizofrenia” (Texto publicado en Ediciones Idatz: “La fe, ¿fuente de salud o de enfermedad?”)

Pero sí es conveniente insistir en el argumento central: tanto la negación de la espiritualidad como la sublimación de la misma, pueden originar problemas serios en la persona. En algunas de ellas, su estado de salud previo (una enfermedad mental no diagnostica, por ejemplo), es determinante para la vivencia de su espiritualidad. En otras, un planteamiento forzado de la fe, puede traer importantes consecuencias psicopatológicas.

Por otro lado, el predominio de sectas, grupos “nueva era”, y experimentación de sensaciones con todo tipo de drogas y alucinógenos, arrastra cada año a miles de personas que se ven abocadas a un callejón sin salida. Como en todos los aspectos de la vida, la mesura, la tranquilidad y el progreso paciente consiguen espléndidos resultados.

¿Cómo guiarnos, por tanto, en este mundo de oferta tan diversa?, ¿cómo recuperar y/o mantener un equilibrio psicoorgánico y espiritual? Este será el tema de mi próximo artículo.

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